La leyenda de los Moonrakers
Monarquía de Jorge III, farmer George para sus súbditos. Año 1791. El pueblo llano acusa la implacable ley de la historia y las pasa canutas para llenar la andorga y no tener canina la faltriquera; para paliar las maltrechas estrecheces de su economía, hay quien se dedica al contrabando de coñac, actividad perseguida con saña por las tropas reales.
La claridad lechosa de la luna alumbra los bosques de Devizes, en el condado de Wiltshire, a un tiro de piedra del milenario Stonehenge místico y mítico. El oído experto percibiría el rumor críptico de la naturaleza nocturna: ulula el viento, aúlla algún perro, acaso grazne algún cuervo sabio. De repente, un anómalo silencio tenso anuncia el murmullo sordo de quienes caminan procurando pasar inadvertidos: las huestes reales toman posiciones a la vera del Crammer —un estanque conservado con orgullo aún hoy en día—: alguien, nunca falta un bocazas, les ha ido con el cuento de que los contrabandistas esconden el matute bajo las aguas plácidas y protectoras del Crammer. Las mesnadas de Su Graciosa Majestad esperan agazapados para poder sorprender a los traficantes cuando pretendan recoger el preciado licor, y darles la del pulpo.
Pero otro alguien, nunca falta un roto para un descosido, se ha ido con el queo a los paisanos, que están a la guay de la presencia de sus perseguidores.
La luna, en lo alto, todo lo inunda de un plateado sigilo. Y se refleja, coqueta, en el dulce espejo del agua estancada.
De repente, el estruendo de fuertes pisadas despierta a la noche de su letargo. Son los paisanos que se acercan, con ostentosa confianza, al Crammer. Al andar, patean con fuerza sobre la tierra, metiendo un estruendo de mil pares; resulta imposible no oírlos. En las manos, llevan unos rastrillos con los que peinan el agua en cuanto se acercan a ella.
Entre mosqueados y curiosos, los soldados abandonan su escondite. No saben qué puede ser aquello; pero contrabando de coñac, no.
No sin altanería castrense, preguntan a los afanosos lugareños por su extraño comportamiento. Los moonrakers, fingiendo sorpresa, les responden que vienen de Bishops Cannings (cuyos habitantes tenían fama de majaras); les cuentan que pretenden sacar ese queso gigante y amarillo del estanque. Con cara de póquer, guipa la soldadesca para los interrogados; jocosos, posan luego sus ojos en las aguas del estanque, donde la oronda luna, redonda como un queso, se refleja cachonda. Apaciguada, la soldadesca se las pira entre carcajadas: para ellos, se trata de rudos y simplones aldeanos. Para ellos, altivos ejecutores de la voluntad real, los estúpidos son los otros, los que se han salido con la suya.
Álvaro Lago